miércoles, 23 de septiembre de 2015

Similar

A veces haces de esas pendejadas que no faltan. Como cuando en días que llueve y sale el sol, vas y les dices a tu vecina que no llovió pero si llovió. Y te delata el suelo mojado y el olor a humedad. O tal vez es que andas empapado como ropa recién salida de la lavadora. Y nada pues, no importa que te crean o no, porque la idea era molestar a la vecina.

A veces en cambio no te das cuenta, y esas vaciladas se vuelven constantes con algunas personas. Con una persona en particular. Con alguien que de a poco se hace especial.
Te dedicas a molestarla y hasta se enojan. Terminan enojados en serio. Pero sin saber por qué al principio, terminan necesitándose. Necesitas molestarla y decirle tonterías. Necesitas esperar su reacción y su sonrisa contenida. Ella espera tus bromas jodidas y te saluda con esa mirada coqueta. Esperando respuestas idiotas de tu parte.

Y pasan los días, las semanas y hasta los meses. No puedes dejar de decirle estupideces, porque el silencio se hace insoportable. Empiezas a sentir que esos brazos deben sentirse suaves. Que esos labios deben saber exquisitos. Y que esos pechos tibios deben sentirse en verdad tibios.

Entonces una tarde, o mañana o noche la miras. Te acercas y repites la misma sarta de estupideces que la hacen reír. Y mientras se ríe la besas. Ella no deja de reír mientras se besan. Y tú no paras de decir tonterías porque su risa es el único sonido que esperas oír.

Al cerrar los ojos piensas en sus brazos y los tocas. Con tu lengua recorres sus labios. Y entiendes que sus brazos sí son suaves y que sus labios saben a frutas. Oliendo su piel bajas desde el cuello a los pechos, y ahí están: tibios como sol de verano. Sus brazos suaves se abrazan a tu nuca, mientras disfrutas el tibio sabor de sus senos.

En ese momento piensas en Dios. No estás seguro si existe o si alguna vez lo necesitaste. No, no lo sabes ni te importa, porque con los ojos cerrados descubres que el cielo debe sentirse como entre esos pechos. Que el paraíso debe tener una textura similar a esa piel y ser delicado como las caricias de ella. Así debe ser el cielo. El infierno en cambio debe arder como esa piel, y sentirse doloroso como la idea de perder ese instante. Comprendes por fin que si ahí están el cielo y el infierno entonces también debe estar Dios. Pero si lo que ahí hay no es Dios, debe ser muy similar.

Abres pues los ojos y ella te sonríe. Hay una mirada de deseo en sus ojos que con delicadeza deja brillar la ternura de sus caricias. Eso te hace arrodillar hasta la altura necesaria para besar su ombligo. Lo haces con infinito y suave placer. Notas que tus manos están en los botones de su falda. Y ella se deja hacer con tranquilidad, e inicias el descenso hasta sus pies.

La miras desnuda, luego de quitarle las bragas rosadas. La miras por primera vez, quizás también por última. El mundo acaba o empieza, no importa: ese es el edén. Ella y tú desnudos se acercan, y antes de unirse piensas que si lo que ahí hay no es Dios debe parecerse mucho.

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