martes, 1 de agosto de 2017

UNA RESPUESTA ANTES DEL FINAL

A veces pasa que la recuerdo. No puedo olvidarla. Esta ahí siempre, esperando salir y mostrarse. Lista a sacar a la luz mis debilidades. Oculta debajo de cientos de preguntas, y miles de necesidades insatisfechas. Descansando entronizada sobre los recuerdos de aquellas mujeres que nunca logré amar. Borrando el recuerdo de aquellas que nunca pude amar como a ella. Soplando en mis sentidos como el viento de mis primaveras. Mojando mis ojos como lluvia de otoño.

Su presencia etérea vuelve aun más doloroso el karma de vivir así. Maximiza la necia e infantil esperanza de poder volver a nacer, y no ser este que hoy soy. Y así, estar ahí siempre, junto a su cama, junto a ella, velando su sueño, despertándola por las mañanas. 

Repito su nombre en la profundidad de mi ser. Me veo en la tentación de repetir ese nombre, que me tranquiliza y eleva de tal manera inexpresable. Cual mantra arcano. Tengo deseos irreprimibles de repetir su nombre y no solo a los cuatro vientos.

Necesité tantas veces repetir su nombre, una y otra vez. Estando ella junto a mí o encima. Exhausto y sudado después de hacerle el amor. Necesité repetir su nombre una y otra vez, aunque no fuese ella la que descansaba al lado, en la cama. En la eternidad de los segundos que combustionan el placer, eran sus dedos y sus manos las que me acariciaban. Eran sus labios los que me refrescaban, cuando el morder incesante de sus dientes me atacaba.


Ansío repetir hoy su nombre, tal y como aquella primera vez, cuando después de gritar montados en el orgasmo galopante, cayera ella tendida y, aún respirando, fatigosamente, miré y dije su nombre tantas veces que olvidé el mío. Olvidé lo que hacia ahí. Como habíamos llegado a ese momento. Solo conocía ese instante, y ese instante tenía un nombre predestinado: el nombre de ella.

Tendido, desnudo y sudado. Deshecho y reformado en ese cuerpo moreno y delicado. Fundido en esos grandes ojos color café. Sintiendo todavía los rasguños en la espalda, como ardían y me recordaban que una parte demi se quedaba con ella. Y sentí celos de esa parte mía que se quedaba con ella, cuando la dejara esa tarde. 

Sentí celos y quise tomarla de nuevo. Porque ella era del todo que soy, no de una parte. Y la tomé y la puse de todas las formas posibles. Sentí el sabor de su pubis mojado. Besé los suaves pliegues que yacen en la parte interna de sus muslos. Mordí delicadamente sus pequeños pezones. Y no me fue suficiente.

Entendí que mientras más veces le hiciera el amor más partes mías se irían con ella. Partes que no sabrían cuan importante era para aquel resto mío que quedaba en ese cuarto. Supe pues, que esa parte mía no se llevaría aquello que el resto consciente si tenía y seguiría teniendo. Aun cuando ella no estuviese presente: me quedaban sus recuerdos; me quedaba su nombre; me quedaban sus rasguños en la espalda; y me quedaba el sabor de sus labios.

Nunca la concebí como el espejismo idealizado de una mujer. Era real y dolorosa, como ella siempre supo ser. Suave y dulce. ¡Que más se puede pedir! Y de hecho nunca pedí más. No creo que ella sepa esto otro (y mejor para ambos). No creo que sepa que “esto” aún existe. Que el tintineo vibrante de las letras de su nombre detonan escalofríos en mi cuerpo. Y que la sola idea de su presencia desata temblores en mis manos, y un tartamudeo mental cual con ninguna otra.

Puedo olerla y sentirla abrasarme a ratos, aunque no esté. Puedo sentir en momentos extraños sus labios, regalando besos fugaces en mi rostro. Diciendo mi nombre, con tal recalco que se hace imposible no sentirlo. Y mis manos inquietas, deseosas de mantener el contacto y acrecentarlo, responden a la razón y la apartan de mí sabiendo lo doloroso de ese contacto.

Hay días en que creo que todo ha acabado. Creer es para ingenuos, la fría y objetiva historia mata todas las creencias. La vida es corta y corto es el camino. Todo indica que el mío será igual. No habrá respuestas a las preguntas que nunca se hicieron; tampoco las habrá para todas las que sí se harán. Pero esta respuesta vivirá conmigo, esperando que nunca ella la llegue a formular:
“¿Me amas?” 

Para responder a mi vez
“Si, te amo tanto como luz dan un millón de soles”
Y luego el silencio. 

lunes, 4 de julio de 2016

Una habitación en penumbras


Entré a la habitación. Como le había pedido esperaba obediente sentada al centro,equidistante a cada espacio del cuarto. Me acerqué por detrás. Salvo por mi sonrisa y respiración no emití más emociones. Ella permanecía quieta. Caminé alrededor observándola agitarse, poniendo especial atención a su respiración. Las luces disminuidas de las lámparas cubiertas de telas. Las velas alrededor casi extinguiéndose. El aire sofocante oliendo a su perfume.

Sus tacones ajustados, unidos firmemente por correas a los tobillos; la venda en los ojos; las piernas juntas enfundadas en medias de malla; la vista al frente; las manos cruzadas tras la espalda aferrándose al respaldo de la silla; su perfume llenando el ambiente: Era todo una visión encantadora.

Conforme la observé fui acercándome hasta llegar frente a Ella. Estiré la mano y acaricié su rostro, suave y fresco. Con delicadeza recorrí sus labios pintados de rosa. Los pómulos y mejillas se colorearon por la sangre que fluía en cada caricia. El cabello olía a todo lo que imaginé que era ella. El cuello terso llevaba hasta unos hombros delicados, que a su vez llevaban a unos pechos ansiosos, que se movían al compás de la respiración.

Sin que Ella lo presintiera me encontré recorriendo con mis sentidos desde su cuello tras las orejas hasta donde terminaba su cuerpo. Con la punta de los dedos al principio, luego oliendo, mordiendo suave, estirando la piel fresca perfumada, saboreando sus emociones. Al llegar a los pechos Ella quiso soltar sus manos pero se las sostuve detrás con fuerza pero sin dañarla, mientras recorría los contornos tibios donde palpitaba su corazón.

Besé y lamí sin contemplaciones cada tramo de piel mientras la oía gemir. Liberé sus manos y me tomó del cabello mientras me empujaba hacía abajo. Bajé hasta su ombligo, besando, lamiendo, mordiendo. Acercándome a sus muslos firmes que permanecían apretados. Puse mis manos en ellos sintiendo su calor, firmeza y temblor. Pero no dejó abrirlos. Entonces comprendí que era necesario un poco más de aquello que le ofrecí.

Puse sus manos nuevamente atrás, me puse en pie decidido a mostrar quien debía acatar. Aunque en el camino perdiera y terminara obedeciendo. Salí de la habitación temblando y agotado. La dejé al centro de la habitación sofocante en penumbras. Tomé una fuente, abrí el refrigerador y vacié el contenido de las hieleras en la fuente. Era momento de tomar acciones más drásticas.

Entré, cerré la puerta tras de mí y caminé hasta donde Ella esperaba.

sábado, 23 de enero de 2016

Las Tres Palabras

Y te miraba caminar desnuda de la cama al baño, sin pensar en cuanto me deseabas o si es que me deseabas. La mente (mi mente) se arrojaba a un viaje por caminos tortuosos, oscuros y perdidos. Caminos donde la única meta y el único recorrido era tu cuerpo, tu cuerpo desnudo.

Tus pechos blancos y suaves olían a duraznos maduros recién cortados. Su piel tenía la textura de la piel del durazno y con ansiosa necesidad mordía cada parte de esa fruta. Mordía sin prestar atención a tus gemidos implorantes. Decías que no y luego pedías más. Nunca aprendí complacerte del todo, pero traté de hacerlo bien lo sabes.

¿Recuerdas la primera vez en el parque municipal frente a tantas personas que te oían reír sin saber por qué? Y mi mano aventurera avanzando por tus rodillas y muslos, alcanzando las profundidades de tu ser. Abriendo los canales de tu deseo mientras susurrabas "¡No, No! ¡Aquí no!" Cayendo luego con los ojos cerrados, olvidando el mundo, sintiendo al mundo en ti, sintiendo la furia del mar nacer al sur de tu cuerpo, sintiendo las olas ir y venir sin compasión aquella primera vez.

Y después la segunda vez en tu casa. Donde termina Melipilla y empieza El Monte. Donde duerme uno de los espíritus guerreros. Tu marido no pensaba en volver y te dije "Ahora es cuando". Sonreíste, miraste al techo y yo te miré a ti y a tu falda plisada. Miré tus piernas bronceadas abrirse mientras subías la falda. Vi tus pies jugar con las sandalias, luchando hasta desprenderse de ellas, dejándolas caer.

Y tus manos jugaban con los botones de tu blusa. Deshaciéndose luego del sostén de flores azules y verdes hasta encontrar los capullos de rosa. Jugaban tus manos con esos frutos que brotan sobre el corazón. En el lugar donde las mujeres tienen el corazón. Que blancos y tibios eran tus pechos, y que indescriptible su sabor: a ratos sal marina y otras dulces como duraznos. Y fue ahí la segunda vez, en la cama de dos plazas. Donde otros te dibujaron yo esculpí mis deseos sobre la obra de tu cuerpo.

Luego fueron tantas. En el baño de tus amigas (en aquella fiesta en El Paico); en el auto de tu amigo; en la parcela de tus vecinos, camino a San Antonio; y hasta en la sede de tu junta de vecinos. Esa vez cuando me hice pasar por tu hermano. Que buen hermano fui contigo y que obediente resultaste ser.

Ahora no estás. Y no estas no porque no quieras. No porque yo no quiera. No porque tu marido nos descubriera. No estás y solo sé que nunca más estarás. Un ebrio se llevó a mi muñequita; un asesino dejó a este desgraciado sin luz (ciegos mis ojos, ciego mi destino). Y lo peor es que son tantas las noches que me dejaste y que nunca te podré devolver. Y a veces te odio porque no vuelves a buscarlas. Y a veces me odio porque no te las entregué.

Olías a duraznos es cierto. Y podrías haber nacido de un árbol, pudiste ser una fruta prohibida, o un panal de abejas mieleras: dulce como peligrosa. Pero fuiste real no un largo sueño del que ansiara despertar.

Mi muñequita, el mundo siguió sin ti. Pero las cosas que dejaste esas aún te guardan. Tengo las fotos en la playa y el olor a pescado frito de los viajes al puerto. Tengo ese video de las últimas vacaciones en Rapel, contigo riendo.

Tengo esa foto, aquella primera que me regalaste de cuerpo entero con esa sonrisa blanca de labios pintados, meses después de conocernos. Escrito está con tu letra en una hoja "Feliz Cumpleaños" y tus labios rojos grabados en el papel blanco. Y más abajo las tres palabras que más extraño: "Cuanto te deseo".

miércoles, 7 de octubre de 2015

El economista

El economista encendió el televisor. Los distintos noticiarios mostraban a estudiantes secundarios y universitarios tomando los establecimientos; a trabajadores exigiendo salarios justos; a pobladores luchando por viviendas dignas. Algo marchaba mal.

Rápidamente volvió a su trabajo: consultó gráficos y estadísticas; calculó variables y determinó constantes; restó pérdidas y sumó ganancias.  Obtuvo cifras azules.

Los números no mentían: el país funcionaba bien, la realidad era la equivocada. Suspiró aliviado y siguió con su trabajo en la fundación.

lunes, 5 de octubre de 2015

Tardes de verano

I

(El presente. Un sábado cualquiera)

Las palabras de esa carita de ángel se estancaron en su cabeza como ecos resonantes en una quebrada. Cada letra de cada frase dicha por ella retraía la mente a esa parte de la historia, donde el recuerdo del primer beso revivía los escalofríos y ansiedades de aquel momento. Y así recordó.


II

(Ocho años antes)

Caminaban por la ladera de un cerro. Un cerro cualquiera, quizás uno de los guardianes, uno de los cuatro diablos de Melipilla. Un día claro de finales de verano. Una mañana donde el sol bombardeaba las pieles hasta tostarlas. Aumentando las sensaciones de los roces casuales, llamando a repetir los roces voluntarios.

La piel de ella olía limones dulces… más bien a naranjas aun sin madurar. Un olor a mujer definitivamente. Él la miraba avanzar, dejándose guiar por esa carita de ángel. Cada paso era acompañado por las palabras de ella, con trazos de su vida actual y de la pasada.

¿Cómo había llegado a ese lugar, y no precisamente a aquel despoblado, sino a aquel momento, siguiendo esa sonrisa? No lo sabía y sin embargo la respuesta no era importante. Al menos no tanto como la certeza de la pregunta. Esto último cuestión que daba fondo real a esa parte de la existencia.

El viento, a ratos fresco, daba ánimos para seguir caminando. A lo lejos se atisbaban los árboles, destino final de la caminata. Al llegar la conversación se volvió tensa, nerviosa, quizás buscando excusas para el silencioso cómplice. Ella le miraba y él a su vez la recorría una y otra vez, de arriba abajo. Con disimulo al principio, sin ninguna vergüenza después.

Y es que las historias necesitan de tensión, y la tensión de esa hora se ubicó en las yemas de los dedos masculinos, recorriendo los cabellos de la mujer. La frente y la cara después, terminando en los contornos suaves de los brazos.

Eres cariñoso tú”, dijo ella quizás nerviosa. Buscaba el hombre la excusa para mirar más de cerca esos ojos limpios, de mirada confiable. Y la halló.

Entre ellos, entre sus cuerpos, el viento fresco de la mañana se volvió más cálido. Vibraban en medio las palpitaciones y los suspiros.

¿Qué significa esto?”, preguntó ella al ver acercarse los labios masculinos. Pero no hubo respuesta, por el contrario, delicadamente besaron esos labios duros el suave rostro femenino. Conquistando cada pulgada hasta llegar a la boca, fin último de la búsqueda. Y ahí poco a poco la boca suave y necesaria de esa mujer cedió a la lucha, dejándose besar.

Con independencia de las ideas las lenguas se huían y se buscaban, dejándose morder a ratos y acariciar después. Las manos se recorrieron al compás. Y con imperiosa necesidad se dieron a las caricias.

La tarde llegó y el día pasaba. Y el sabor de los pechos femeninos no dejaban de ser dulces, ni esa sonrisa tranquilizadora. Los años no borraron los recuerdos de ese día. La vida fluyó como siempre, inconsciente y sin contemplaciones. Sin arrebatar nada a la memoria, sin agregar nada a la desesperanza.

III

(El presente. Aún más cercano)

La vida fluye entre cafés y conversaciones. A veces hay miedos que buscan superar las esperanzas, pero los recuerdos son puntales que afirman la existencia, como el de esa carita de ángel desarmándose en sus brazos. La vida pasa sin contemplaciones para el oficinista, llevándose en torrentes los respiros. Y aun así una pregunta siempre le siguió rondando hasta el recuento final de su existencia: ¿hubo destino en aquel encuentro? Nunca se atrevió a responder. Nunca dejo de preguntárselo.

martes, 29 de septiembre de 2015

La Mamá

 Desperté con el llanto de la abuelita Ema y detrás de ese llanto el de la mamá. Abrazadas las vi perdidas entre la negación y el miedo a la verdad. Lloraban, y entre las pocas palabras que se entendían el nombre del papá junto a la frase “se fue, se lo llevaron Tencha” Se habían llevado al papá, al lugar de donde nadie regresa. Y por un tiempo la mamá quiso partir con él, pero se quedó porque estábamos nosotros. Desde ese día fuimos los tres.

Viajamos donde ella se sintiera protegida. Lejos del lugar donde le arrebataron al amor de su vida. Fueron tiempos duros. A veces de frio, otras de hambre, pero siempre con ella abrazándonos, protegiéndonos, pintando colores donde los grises abundaban. Y es que dentro de toda la escases hubieron tiempos muy buenos. Tiempos que recuerdo con enorme cariño y que permanecen allí, en el lugar de las cosas buenas.

Éramos los tres: mi hermano, yo y la mamá. Teníamos nuestro pequeño mundo y en el éramos felices. Acurrucados en piezas con muros que se deshacían, comiendo según fuese la solidaridad de los otros. Y otras aceptando opiniones de quienes mucho decían y poco aportaban. Pero éramos los tres. Y así éramos felices, porque la mama nos hacía sentir que era el mejor de los mundos.

Mucha gente hay que va y viene en tu vida. Y es un lugar común decir que tu familia siempre estará contigo, pero decir familia no basta. Es necesario agregar que es esa parte de la familia que dejó de comer contigo cuando no alcanzaba para todos. Es esa parte de la familia que creyó en ti cuando la ignorancia de tantas y tantos te hacía sentir distinto. La vida siempre guarda en sus oscuros recodos los destructores de almas, pequeñas personas sometidas, viviendo temerosas de los que valen. Pero la vida también guarda esos seres de luz, que no es que brillen solamente, sino que destapan tu luz. Así ha sido la mamá. Mi mamá. La que nunca dejó de creer en mi ni en mi hermano. Fue nuestro ser de luz cuando solo veíamos oscuridad.

Y aquí sigue. Ya cansada por cierto, pero junto a nosotros. Riendo como siempre ha sabido reír. Diciendo que las cosas serán buenas. Que la vida nos dará cosas buenas porque hemos sabido ser buenos. Sin apocar, ni discriminar, ni disminuir a nadie. Porque como van muchas cosas vienen, y cuando vuelven pegan de vuelta.

Espero poder seguir viendo la luz del infinito cariño de ella. El cariño de la mamá. Y por cierto, hoy es su cumpleaños, así que ¡Feliz cumpleaños Mamá!

lunes, 28 de septiembre de 2015

De héroes y monstruos

Un jueves de otoño el “monstruo” llegó a vivir frente a su almacén. Desde aquel día menos gente entraba a comprar a su tienda. A pesar de todo resistió.

Una mañana de sábado sus nietos llegaron a visitarlo. A tirones lo convencieron de ir al Mall. 
Supermercado, cine, tiendas, farmacias. Todo lo que la gente necesitara estaba ahí.

Sentado en el patio de comidas, viendo reír a sus nietos y tras dar el primer mordisco a su hamburguesa, supo que el monstruo había vencido.